El racó d´en Francesc.


25 de Septiembre de 1975, ha venido el agente de la aseguradora a entregarnos la póliza para que la firme Francesc, yo no entiendo de estas cosas pero por lo visto no aparecía yo como beneficiaria.
En fin, cuando venga de trabajar ya lo mirará.

La luz del día comienza a disiparse mientras el viento hace golpear las ventanas, en un rato vendrán todos muertos de hambre y con este frío sólo apetece comer cosas calientes.

No hay calor más reconfortante después de una dura jornada en el campo que el desprendido por una magnífica chimenea mientras te metes entre pecho y espalda un buen plato de escudella.
Coloco sobre el fuego el caldero de cobre con unos seis litros de agua.

Una gallina, medio de jarrete de ternera, huesos de rodilla de jamón y de espinazo, butifarra negra, panceta y unos pies de cerdo. Y por supuesto abundantes hortalizas y verduras de nuestros huertos.

Somos gente de buen comer y aunque nuestro menú no es muy variado es realmente contundente, pese a eso en esta familia no esta bien visto dejarse algo en el plato. Todos sabemos como funciona esto, le has de decir "basta" a la abuela justo cuando falte un cucharón para lo que consideres que te puedes comer, porque siempre vendrá después un cucharón extra bien cargado.











































La última fiesta.

Las explicaciones sobre mi marcha se repetían en mi cabeza constantemente mientras me afeitaba.

No supe como decir a mis amigos que me marchaba y que probablemente tardaríamos mucho tiempo en volver a vernos.

Había encontrado trabajo y no podía posponer eso demasiado tiempo pues estaba al borde de la bancarrota, intenté seguir viviendo en mi pueblo por activa y por pasiva pero cuando cerraron la fábrica la mitad de sus habitantes marcharon a la ciudad, poco a poco fueron cerrando los pequeños negocios, el carpintero, el bar,el colmado, casi todos acabaron bajando la persiana en un incesante goteo de vecinos que partían en busca de un mejor porvenir.

Así que decidí organizar una fiesta en mi casa y no contarles lo que era evidente, nunca me gustaron las despedidas y me negué a sentirme triste y melancólico, no quería ese tipo de recuerdo.

Quería una fiesta por todo lo alto y así fue. Bolsas de cotillón, confeti, máscaras, matasuegras todo regado con buen vino y buena cerveza.

Y así fue como me llevé las sonrisas de todos en mi maleta. Aun hoy día se me saltan las lágrimas de la risa que me coge cuando los recuerdo borrachos asomados al balcón cantando Paquito el Chocolatero.






























Can Seixanta. 3ª parte. El repartidor.


El reparto siempre era complicado, a la ardua tarea de ir con su añeja bicicleta por caminos de cabras se le unía el miedo a ser descubierto por la autoridad o a ser asaltado en la montaña por cualquiera con más hambre que el.

Por suerte su conocimiento de toda la zona del Pirineo jugaba a su favor, había sido pastor y los caminos, rieras, montes o cuevas donde pasar la noche no tenían secretos para el.

No solía salir a pleno día y por la noche no ponía la luz frontal si no era estrictamente necesario, bajo la luz de la luna iba y venía llevando y trayendo cosas a través de los pasos montañosos luchando contra el viento, el frío y la lluvia. En ocasiones escondía su bicicleta y seguía a pié con el fardo a cuestas hasta el destino.

Lo importante siempre era tener máxima discreción.